viernes, 8 de julio de 2011

Pobre Cabrón

El borracho se precipitó de cara al suelo de repente, sin dar tiempo a que sus compañeros de juerga lo impidieran. Qué putazo, ruido seco. Tardó casi dos minutos en levantarse. Se notaba que realizaba un gran esfuerzo por poner orden en su coordinación y cuando quería levantarse, lo único que hacía era tallar más su pómulo contra el concreto viejo y cuarteado de aquel patio.
Una coordinación ebria es tan cruel contigo como un niño que desprende las alas de una mosca infeliz. Aunque pensándolo bien, debe doler más que te arranquen una parte del cuerpo, que recibir un simple chingadazo en la cara.
Piedritas blancas (restos de diente) se alcanzaban a ver en el manchón rojo donde toscamente se imprimieron las facciones de aquél pobre cabrón; sus amigos, no con poco esfuerzo, lograron incorporar al borrachín y uno de ellos le acercó un nuevo vaso de naranjada con vodka. Una hebra de baba con sangre se pegó a su ropa y solo logró deshacerse de ella mediante dos escupitajos de más saliva sanguinolenta y otros pocos fragmentos de diente. Se enjuagó con el vodka-naranjada y tiñó su bebida, inicialmente amarilla, del encantador color naranja-casi-rojo de la sangrita Viuda de Sánchez. Terminó el resto de un trago.
Mientras veía esto, los tres compas a mi lado se cagaban de risa del infortunio de aquél pobre wey. Sus amigos voltearon a vernos en lo que creímos sería el inicio de una bronca, pero resultó ser todo lo contrario: mientras desempolvaban a su valedor y le alisaban la ropa, nos echaban miradas para carcajearse en silencio y hacer muecas exageradas. Ya saben, ese tipo de risa insonora pero frenética. Yo, por mi parte, mastiqué insistentemente la comisura de mis labios por dentro de mi boca hasta lograr arrancar un cacho considerable de carne y teñir con sangre mi bebida como aquél wey. Tarde recordé que estaba tomando ron Matusalem con Coca.

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