No tiene mucho que pasó. No recuerdo si regresaba de la escuela o el trabajo cuando al pasar por una calle, la casi fotográfica reproducción de un tráiler negro en un muro me dejó fascinado. Las dimensiones del camión pintado en el muro eran de 2 o 2.5 m de alto por unos 5 o 6 de largo y estaba rodeado por unos manchones verdes, azules, magentas y amarillos a los que de inicio no puse mucha atención.
Las luces del vehículo parecían brillar en realidad, tenían muchísimos detalles que luego vi más de cerca y que provocaban esa efecto. La limpieza de los trazos me provocó una emoción cabrona. Fueron apenas dos segundos la primera vez que lo vi, pero la calidad de la obra me hizo preguntarme que: o mi percepción es bastante menos despierta de lo que creía pues ese trabajo debía haberse desarrollado durante varios días, o el artista era un megacabrón que lo realizó todo apenas en una mañana.
Lo certero de las líneas, los trazos, las tonalidades, todo era de una manufactura y calidad impresionante.Los días siguientes pasé a diario frente a esa barda, pero demás del tráiler y de uno que otro avance en el paisaje complementario de la imagen, jamás pude ver al autor trabajando la obra. Fue un día que al pasar vi a un hombre trepado en una escalera con brochas, pinceles y botecitos con mezclas de pintura, mientras en el suelo había una docena de cubetas y bandejas salpicadas de pintura. Era el señor Sergio González.
En un instante ya me había bajado del camión y contemplaba al pintor y el muro completo, que en total eran unos 15 metros de largo por tres de alto.
-¿Tú crees?
-Sí, está perrísimo, neta.
-Gracias joven.
Don Sergio tiene toda la pinta de mecánico, de esos que te arreglan una cosa del carro dejándote mal otra: muy barrigón, tez morena pero ya bien quemada por el sol, pantalones café oscuro, playera blanca-transparente de no-sé-qué contienda electoral pasada, gorra roja puteadísima, mechones de pelo gris y negro saliéndose por los bordes, arrugas en la cara de esas que parecen zurcos y dientes amarillentos con las clásicas coronas metálicas.
-Ni me había dado cuenta que era un paisaje lo demás, pensé que sólo era el tráiler.
-No joven, si es todo un paisaje, pero… ¿ya viste bien el camión?
*Me hago un poco para atrás*
-Pues sí, le digo que se ve bien chido, igual cuando voy pasando por aquí en el camión, lo veo.
-¡No!, es que lo estás viendo mal. Mira, crúzate la avenida hacia ese poste, te subes y me dices que tal.
-Tiene razón don, se ve más perro desde ahí. ¿Y qué más va a hacerle?
-Pues no sé quiero que parezca que viene desde atrás, dibujar la carretera y todo. La bronca es que el pendejo de aquí quiere que le haga otras mamadas. Mira:
*Me enseña un cuadro de un paisaje de esos chafas que se usan para decorar fondas o locales varios.*
-¡No, como cree!, si así le va a poner en la madre.
-Pues es lo que le dije, pero ya ves.
Poco después llega la esposa del señor Sergio, con cinco pesos de tortillas, una bolsa que parece contiene chicharrón prensado y una coca grande. El famoso 'bajón'.
-¿Y usted como aprendió esto?
-Pues así nomás, haciendo. Un día vi en la tele al señor ese que pintaba en el canal once (Bob Ross) y dije “yo puedo hacer eso”.
-¿Y así nada más?
-Sí.
-¿Entró a alguna escuela o estudio algo?
-Pues un rato estuve en una de Bellas Artes, pero... ¿cómo te digo?, pues no te enseñaban. O sea, era para que los maestros te trajeran en chinga o te pendejearan, 'a ver wey, así no va esto, va así'... pero no, yo les preguntaba cosas pero ni contestaban bien. Por eso me salí.
El Don me dice que me eche un taco. Rechazo la oferta pero le digo que un vaso de coca sí le acepto... me toca ir por los vasos. Cuando regreso, don Sergio me enseña la imagen en que se basó para hacer el tráiler: es el mismo frente aunque la caja, rectangular en la pared, es una especie de pipa de agua en el original, el reflejo de la luz en la forma cilíndrica de la pipa se ve poca madre.
-¿Y luego? ¿Por qué no lo hizo así, Don?
-Por culpa del pendejo ese. Ya lo había hecho así, pero dijo que quería que mejor fuera una caja negra. Tuve que borrarlo y volver a empezar aunque ya casi había terminado éste (señala la hoja de papel); cuando lo vio me dijo que mejor el otro estaba bien. Ahí si lo mandé a chingar a su madre.
Nos reímos. El rotulista-pintor me dice que le da coraje no poder terminar este trabajo por tantos caprichos del dueño del local (hules y refacciones automotrices), pues mientras no termine no puede comprometerse con otras chambas. Tomo fotos a los detalles de su mural.
Tal vez no es la obra que encierra los significados más profundos ni incluye referencias o simbolismos que conecten con ésta u aquella corriente artística, ni tampoco es un manifiesto gráfico-ideológico. Pero, carajo, tiene una calidad que se agradece poder ver diario.
-¿No tiene un teléfono a donde le pueda marcar para cuando necesite un trabajo o algo?
Don Sergio se ríe y me contesta
-Pero sí tú también puedes hacerlo, no es nada del otro mundo.

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