martes, 5 de julio de 2011

La paja en el ojo ajeno

La construcción de un estereotipo lleva tiempo y muchas veces se mantiene como un riesgo potencial tirándole a peligroso cuando la existencia y costumbres de cierto grupo de población representa “daño” a alguno de los intereses del sistema dominante. Mediante los estereotipos, las personas dejan de serlo para volverse caricaturas. Así los mexicanos (y latinoamericanos en general) hemos sido históricos ayudantes de los estadounidenses, mexicans fiesteros al servicio del héroe blanco aunque menos dignos de confianza conforme mayor fuera el oscurecimiento de la piel.
Pero llegó un mal día en que los latinos dejamos la fiesta y la pachanga de lado y pasamos a ser una amenaza. Nos desconocieron y llamaron illegal aliens, porque invadimos la tierra de los valientes y libres para robar sus empleos, su seguridad social, sus lugares en las escuelas y su territorio. Y comenzó la cacería de la mano de las mismas autoridades: Joe Arpaio, sheriff del condado de Maricopa en Arizona y férreo defensor de la racista ley SB1070, que permite arrestar a quien se sospeche como inmigrante ilegal dentro del territorio del estado de Arizona, es uno de los personajes recientemente más visibles y escandalosos derivados de esta cacería racial.
Arpaio es hijo de inmigrantes italianos
Los métodos empleados por el autodenominado “sheriff más rudo de América” son humillantes. Un ejemplo: para recluir a los detenidos por presunta residencia ilegal en EU, levantó un un campamento anexo a la prisión del condado, donde se soportan temperaturas de hasta 43 °C y se obliga a las presos a vestir ropa interior rosa chillante, camisetas de igual color con la leyenda clean & sober (limpio y sobrio) y uniformes carcelarios a rayas blancas y negras.
La imagen (de por si mala) que tiene buena parte de los estadounidenses de los extranjeros, se ha radicalizado desde los acontecimientos del 11-S, generado movimientos y reacciones xenofóbicas independientes del gobierno dcom lo son: los Minutemen, grupo inspirado en las primeras milicias que pelearon contra el ejército real inglés por la independencia de las Trece Colonias americanas, y cuya versión en el siglo XXI se ha dedicado principalmente a actividades de patrullaje en la frontera, arrestos ciudadanos y vigilancia particular; o, peor aún, el grupo de choque de corte neo nazi National Alliance, con sede en Phoenix, Arizona, cuyas actividades persecutorias y racistas contra todo aquél no-blanco están directamente inspiradas por la idea de la supremacía racial, presentándose como los responsables de mantener blanco el entorno y todo espacio público donde radiquen personas con menor cantidad de melanina en la piel.

Estas acciones, indignantes a todas luces, meritorias del repudio colectivo y que han  provocado “enérgicos-pronunciamientos-de-parte-de-los-gobiernos-y-la-comunidad-latina”, sin embargo, palidecerían en comparación al medio milenio (y contando) de abusos, transgresiones, muerte y exterminio que son el lamentable común denominador de las etnias indígenas a lo largo del territorio nacional.
Cada que aludimos al famoso refrán de que “no tiene culpa el indio, sino el que lo hace compadre”, o criticamos al nuevo novio de la prima con el viejo chiste de que “se trata de mejorar la raza, no empeorarla”; cada que la crítica y descalificación se basa en los pómulos salidos, ojos entrecerrados, narices aguileñas o una manera accidentada de hablar  castellano, cada que nos corroen de coraje que ‘la migra’ trate como animales a los compatriotas, pero no somos capaces de reconocer a ese otro inmigrante, ese que vino de campo a la ciudad, como una persona igual a nosotros que merece el mismo trato digno y no solamente una rápida mirada de soslayo, cada que no nos damos cuenta de nuestro racismo, en realidad es muy poco lo que habría que reclamarle a los gringos.

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