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sábado, 13 de julio de 2013

Operaciones

Jueves 23 de mayo
Despierto o me despiertan, no sé, pero el coxis me está matando y no me dejan mover por el puto catéter. Ya quiero estar en la operación para no sentir el pinche dolor de coxis. Me bajan al quirófano a las seis pero me van a operar hasta las ocho. Mierda. Trato de dormir mientras espero, cambiándome de lado, y medio descansando el coxis hasta que una enfermera me dice que no me mueva, porque ya mero me pasan, yo mientras tanto, veo como entran, pasan, corren y ríen doctores, enfermeras y muchos residentes.
Llega la hora y entro a quirófano. Me marea que me lleven acostado y tengo hambre. Contrariedades. Veo a los doctores y anestesistas, las enfermeras traen batas que contrastan con el blanco de los médicos: ellas tienen flores estampadas, rosas, violetas y anaranjadas, y hasta les puedo adivinar que me saludan con una sonrisa detrás del cubrebocas. Me recibe un anestesista que me adhiere los electrodos y me pregunta si estoy listo, en la más buena onda del mundo, aunque se ve que le importa bien poquito lo que conteste. Me pone mascarilla para anestesiarme y algo me pregunta, pero a los tres segundos ya estoy inconsciente.
No sueño nada, nada de nada. Fueron seis horas, de las ocho de la mañana a las dos de la tarde y de pronto despierto, veo blanco y no sé ni donde ando ni qué coño pasó. Me duele un chingo la cabeza, el peor dolor de cabeza de mi vida y siento como si un balón estuviera debajo de mi cráneo, o si tuviera media cabeza extra. Me llevan a recuperación y durante dos horas me mantienen envuelto como momia. Siento que algo lastima mis piernas pero no tengo energía para saber qué es y pronto me duermo otra vez. Por suerte ahora sí me elevan un poco la cama para dormir bien.
Me siento como Rocky cuando le rompen la cara y sus cejas se desparraman sobre sus ojos, específicamente sobre el ojo izquierdo que aun no sé qué tiene pero sé que no está bien.
Pasan las dos horas y me suben a mi cuarto. Mientras me transportan, vomito dos veces. Ya en la habitación, lo primero que veo es a mi madre, agitada y preocupada, pero algo más tranquila al verme, aunque sus gestos me indican que mi cabeza sí está muy extraña. Poca atención le pongo, sigo cansadísimo, aletargado, y no puedo hablar porque tengo la garganta como quemada, muy seca. Le pregunto algo sobre una i griega que no me entiende y me desespero por eso (días después entiendo que dije algo incomprensible), pero le aviso que dormiré.
Acá es raro, porque en mi cabeza casi todo funcionaba normalmente: pensaba con lucidez (casi, pues), no estaba tan lento, estaba al tanto de lo que había pasado, ya sabía porque me dolía todo, sabía donde estaba y así; no obstante, mi cuerpo era otra historia: molido, sin energía para siquiera hablar, ya no digas mover algo, mi cabeza muy pesada, con un dolor intenso y de nuevo me duelen las rodillas. Le digo hasta mañana a mi madre al notar esta división entre cuerpo y mente.

Viernes 24 de mayo
Despierto y sigo molido pero con un poco más de energía. Ya puedo demostrar mi lucidez al menos, aunque todavía batallo para hilar algunas ideas. La cabeza me sigue estallando y supongo que esta es la descripción cuando leía que a Harry Potter “le estallaba la cabeza de dolor por la cicatriz de rayo” o “sentía que la cabeza se le partía en dos”; mi cabeza no estaba partida en dos por fortuna, pero casi.
Algo importante es que esta vez noto que tan puteado tengo el ojo izquierdo, tengo el párpado caído, me arde, veo tres cuartos de imagen y esta imagen es distinta a la que ve el otro ojo porque la pupila está torcida. Trato de describirlo a mi madre y a las enfermeras, y al poco rato viene el doctor Hernández, que fue quien me operó, y me examina.
Al terminar, me ofrece operarme de nuevo para manipular el nervio óptico porque éste tiene algunas secuelas. Mi madre pregunta algunas cosas, pero el doctor la para en seco, de manera algo grosera, y le indica, bastante mamón, que la decisión es mía, de nadie más. Tiene razón, aunque no es muy buena su manera. Según me dijeron casi un mes después, el doctor me explicó que podía arreglar el problema, o bien, podía acabar ciego de ese ojo; yo no recuerdo que me haya dicho lo de la ceguera, porque a lo mejor hubiera dudado mucho más el acceder a esa segunda operación.
Finalmente decido que sí y en poco tiempo, ya durante la tarde, me bajaron a quirófano nuevamente para la segunda operación. Lo mismo que antes aunque más rápido, igual estuve en recuperación alrededor de dos horas y luego me regresan al cuarto, igual de molido, con el mismo dolor en todo el cuerpo, así que ya solamente quise dormir.

domingo, 10 de marzo de 2013

Esto fue lo que sucedió - parte II


(parte dos, al parecer penúltima)

Nuevo escenario: hospital. Pasen por acá: nombre, trámite, qué paso, repito lo que sé, quítese la ropa, intento pero necesito ayuda porque apenas puedo mantenerme sentado en la camilla. Luego entra mucha gente, morros haciendo sus prácticas y residencias médicas y un doctor. Me llevan a un laboratorio para una resonancia magnética. Pasillos beige, todo es color crema, entro y una enorme máquina que solo he visto en Dr. House se aparece ante mi. Recuerdo vagamente que en la serie, si el problema del paciente peligroso agüevo provoca una crisis mientras está adentro de esa madre. Chingao, mal momento para recordarlo. Me amarran y me meten a la madre esa. Cuerpo inmovilizado y en un espacio reducido, o sea, es mi examen final para comprobar que no padezco claustrofobia. Chale, no podría asegurar que no, no podría asegurar que sí. Te puedes dormir si quieres, me dice la doctora y entonces yo agradezco ya no tener que ver el interior azulado de esa cosa que, por alguna razon, me estaba dando más náuseas. Cierro los ojos y solo oigo ruidos raros, como de una impresora vieja.

Despierto y ya me llevan a la habitación, los resultados ya están y el doctor se los interpreta a mis jefes. Quiero poner atención pero no entiendo del todo, la cabeza me da vueltas y algo alcanzo a pensar, que la convulsión y el desmayo fueron provocadas por un cisticerco alojado en el cerebro, que es por mala calidad de alimentos, parásitos que se encuentran en la carne de puerco bla bla bla pero que ya se puede controlar, que lo que importa es otra cosa, que con la resonancia magnética también detenctaron un aneurisma en la arteria carótida a a la altura del ojo izquierdo... o sea, una hinchazón en una vena en el cerebro que puede reventarse y bueno, no tener resultados agradables. Chíngale.

Se recomienda que me quede para el tratamiento, pero el pedo es el varo, pero según que tengo seguro por la empresa, pero que mi papá ya vio qué pedo con eso y que no cubre este desmadre, que hasta que tenga más tiempo en el hospital verán, así: verán, si es que lo cubren, mientras tanto ya fueron 25 mil varos de los estudios, internamiento de urgencia y enganche de todo el pedo. Nel, mejor vámonos al seguro, si estos weyes no aseguran que lo van a cubrir, entonces mejor antes de tener que pagar más. Pero mientras, hay que ya dejar pagado. Bueno, hijo, vístete, nos vamos a la clínica. La cabeza me sigue doliendo de la nuca, me arde el dorso de la mano izquierda, no tengo ni madres de fuerzas, nada de nada, y creo que me lo dicen o si no me lo dicen de todos modos yo lo sé, ¿de dónde chingados sacamos el varo? Cuando salgo ya están mis padrinos, mi carnal Diego sigue aquí, y mis otros carnales vienen en camino. Piénsale, hijo, háblale a alguien que te pueda ayudar, me dice mi jefa... no se me ocurre más que cierto ángel rubio que ha sido más que una amiga y jefa para mi en el último año y medio: Mariana. Le marco y describo a grandes rasgos la situación, se espanta, se saca de onda, y mientras hablo con ella uno de mis tíos aparece para salvar la situación, y entonces agradezco a Mariana y me despido y me dice que la mantenga informada y le digo que sí.

Bueno, vámonos ya a la clínica: nos vamos mi jefa, mi madrina, mi padrino, Diego y yo, creo. No lo recuerdo chido. Me dan a beber jugo y, aunque siento algo de hambre, me provoca unas náuseas casi instantáneas, pero nel, no vomito ¿Pues qué horas son que tengo hambre? Hijo, ya es como la una de la tarde, me dice mi mamá y, al torbellino de dudas que tengo en la cabeza, se suma la de qué pinches pasó con las últimas tres horas.

San Pedro de los Pinos, clínica 9 del Seguro, Urgencias. Pásele, hacen preguntas, mi jefa explica, yo me acuesto, estoy sin lentes y creo que eso abona a mi puto dolor de cabeza. Intenta dormir, lo intento, creo que lo logro durante un rato. Tiempo después me trasladan en ambulancia al hospital Gabriel Mancera, no veo nada, de ahora en adelante todos los trayectos son acostado y siento náuseas y mejor prefiero cerrar los ojos e intentar dormir otra vez. Llegamos, otra vez a Urgencias y es una sensación rara la gente que se te queda viendo cuando llegas, de por sí me caga ser observado, ahora despeinado, con la mirada perdida por el madrazo y por no traer lentes, es peor.

No tengo habitación, es un cubículo que ocupamos dos personas, un anciano que es muy molesto y yo. Muchos pasantes de doctor, de mi edad o menos. Pasan a verme mi hermano, Diego y mis papás. Ya me siento algo mejor y me tomo una foto para comprobarlo, la posteo y escribo un anuncio en Facebook para que la banda sepa qué onda y que cualquier cosa, mis jefes van a traer mi teléfono. Se despiden por las próximas 8 horas, es hora de la cena y pruebo la primera de las muchas comidas insípidas que me esperan en los próximos quince días.

Mi hermano hace guardia y en la madrugada pasa a verme y me da mis lentes que ya reparó con un chingo de cola loka y cinta de aislar. Platicamos, ya ando de mejor ánimo, dónde andan mis jefes, en la casa, y los demás, ya se fueron pero mañana vienen a verte. Cuando no has visto a nadie conocido en 8 horas, quince minutos de visita son relámpago por lo luminosas y lo rápidas que son (me pongo a imaginar qué jodido ha de ser para los reos y los alcohólicos de un anexo aunque yo no soy ni uno ni otro, y bueno, la verdad sea dicha, muchas veces ellos tampoco deberían estar en donde están, pero cómo chingados llegue a reflexionar sobre la injusticia y las constantes de la vida con este dolor de cabeza hijodeputa que ahí sigue, aunque más leve). Adios broder, nos vemos en un rato, descansa, me llevo tus lentes porque aquí ni hay donde ponerlos, sale gracias carnal, chido. Dos días horrendos esperando en Urgencias porque no hay cama disponible en piso. Yo me siento bien ya hasta para caminar pero mi palabra de paciente no vale ya tanto y, ni pedo, quieres mear, ahí tienes tu pato. Es una de la peores cosas que me tocó hacer y aquí la hice mucho. Gracias a Dios no tuve que usar el cómodo, aunque sí tuve que presenciar cómo lo usaba mi compañero de cubículo. Fuck. Pato, pato, un pato, un pato cantaba alegremente, cuac, cuac, y no sé que chingados para cantar bossa nova, ni siquiera sé si así va la pinche rola de Natalia Lafourcade, pero la traigo bien trabada en la cabeza y se me queda aun después de estar en Urgencias cuando se ha desocupado una cama y por fin me suben a piso y no me la quito de la cabeza en por lo menos una semana.

Ah, ya me fijé y dice, un pato que va cantando alegremente cuac cuac. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Esto fue lo que sucedió - parte I

(Primera entrega de, no sé, tal vez dos o tres)

Veintisiete de agosto. Las nueve de una mañana nublada. Acabo de bajar del primer camión de la semana y camino por la banqueta; es un buen tramo hasta la siguiente camioneta y mientras quiero quitarme la modorra de la siesta en el primer camión. Traigo la mano izquierda entumida por traer la mochila sobre ella. Pienso de todo: pendientes, la hora, el tráfico, la escuela, amigos, familia, hueva, pinche mochila pesada, ah que chinga caminar cuesta arriba, ellas, muela del juicio, el fin de semana pasó muy rápido, ah pinche lunes. Todo en pocos metros.

Ya se me quitó el sueño, al menos por el momento, pero mi mano sigue entumida y la agito para que despierte de una vez. Una, dos, tres veces y entonces algo raro pasa: los dedos anular y meñique se mandan solos; se ponen rígidos y luego se cierran, una dos y tres veces. Un cosquilleo se extiende por la mano y brazo izquierdo.

Nuevo renglón: verga, así empiezan los infartos ¿no? Aguanta, no te paniquees, agarra el pedo... no, no te puede estar pasando, ¿como por qué? Nel, relax vienes cansado nada más, no mames. El brazo se tuerce y se pega al torso... ¿te han dado toques? Así, igualito. Este, esto ya está muy mal pedo, ¿a quién le digo algo?, pues aunque sea a ese puesto de dulces. Camino más rápido, pocos metros, la mano izquierda ya es puño, el brazo flexionado y pegado al pecho, la mano derecha soba inconscientemente a su contra.

Buenos días, oye, este me estoy sintiend... ¿qué pasa? Me duele la mano, no puedo hablar, mitad de mi cara se está derritiendo, puedo verla como si yo no estuviera en mi cuerpo, puedo ver como se cae solo la mitad izquierda, la pierna izquierda, el ojo, la boca, hasta los millones de cabellos del lado izquierdo. Volteo a mi mano, intento abrirla, o eso creo, los dedos se estiran y endurecen y entonces el anular se voltea a este hasta tocar el nudillo con la uña, un ángulo que sé imposible pero una sensación que no se puede describir de otra manera. Es que me estoy sintiendo...ah. Todo no se pone blanco, ni negro, ni gris. Todo en un momento es nada.

Luego, ahora sí, todo es blanco, oigo murmullos, veo la luz del sol, todo es muy brillante. Miro un par de policías a mi alrededor y pienso por reflejo que ya valió verga, ya que torcieron por algo. Pero no. Tranquilo, espérate, no te levantes, cómo te llamas, a dónde ibas, dónde vives, qué día es hoy, qué hiciste el fin de semana, qué desayunaste, sabes dónde estás. Fernando García, al trabajo, no sé, no sé, no me acuerdo, sí creo que sí, no. Despierto con el cassete en blanco (pregunta ¿cuánto tiempo de vigencia le quedará a esta expresión?) y para colmo todo se ve borroso. A ver, ¿te puedes levantar? Sí, creo que sí. Sí pude. Tome joven, sus lentes. Estado de los lentes: partidos por la mitad.

¿Qué me pasó? Vuelvo a preguntar. Veniste, te estabas sobando la mano, como que me quisiste decir pero entonces te desmayaste y comenzaste a convulsionar, paré a la patrulla y ya llamaron a la ambulancia, me contesta el del puesto de dulces. Chale, no me acuerdo de nada ¿hace cuanto fue eso? ¿cómo pasó? ¿qué chingados hago aquí? ¿sí soy quien creo que soy? A ver, memoria, qué pedo qué pasó … Qué pedo con esta broma, ya estuvo. Chingao.

Llamadas telefónicas a casa, trabajo y seguro. El teléfono sigue en mi bolsillo, vaya, qué respetuosos. ¿Hola, sí, sucedió tal y tal cosa, a qué hospital me pueden llevar? Ok, gracias ¿Hola, sí,? Para avisarles que yo creo hoy no llego, paso tal y tal cosa. Sí, gracias yo les cuento que onda. ¿Bueno? ¿mamá? Sí, pasó tal y tal cosa, estoy bien... no, no sé... no... mejor te paso al policía. Todo se vuelve a ser blanco.

Otro apagón, despierto dentro de una ambulancia, mamá ya está conmigo e intenta calmarme como para calmarse ella misma. Estoy muy cansado, muy adolorido de todo el cuerpo; todos los miembros me pesan al triple. Ya, tranquilo hijo, ahorita te van a llevar al hospital y todo va a estar bien, cálmate. Me espanta más ver a mi madre preocupada, trato de sonreír y sé que es una sonrisa boba, no sé bien qué pasa, tengo un poco de náuseas por ir acostado en un vehículo en movimiento. Intento acostarme pero me duele bien cabrón la cabeza, y cómo no si al tocarme siento un chipote enorme en la parte de atrás de mi cabeza, lado izquierdo, supongo que en el lugar justo en el que mi cráneo se estrelló en el pavimento.
Me arde, me duele y yo sigo sin recordar una mierda.






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