Jueves 23 de mayo
Despierto o me despiertan, no sé, pero
el coxis me está matando y no me dejan mover por el puto catéter.
Ya quiero estar en la operación para no sentir el pinche dolor de
coxis. Me bajan al quirófano a las seis pero me van a operar hasta
las ocho. Mierda. Trato de dormir mientras espero, cambiándome de
lado, y medio descansando el coxis hasta que una enfermera me dice
que no me mueva, porque ya mero me pasan, yo mientras tanto, veo como
entran, pasan, corren y ríen doctores, enfermeras y muchos
residentes.
Llega la hora y entro a quirófano. Me
marea que me lleven acostado y tengo hambre. Contrariedades. Veo a
los doctores y anestesistas, las enfermeras traen batas que
contrastan con el blanco de los médicos: ellas tienen flores
estampadas, rosas, violetas y anaranjadas, y hasta les puedo adivinar
que me saludan con una sonrisa detrás del cubrebocas. Me recibe un
anestesista que me adhiere los electrodos y me pregunta si estoy
listo, en la más buena onda del mundo, aunque se ve que le importa
bien poquito lo que conteste. Me pone mascarilla para anestesiarme y
algo me pregunta, pero a los tres segundos ya estoy inconsciente.
No sueño nada, nada de nada. Fueron
seis horas, de las ocho de la mañana a las dos de la tarde y de
pronto despierto, veo blanco y no sé ni donde ando ni qué coño
pasó. Me duele un chingo la cabeza, el peor dolor de cabeza de mi
vida y siento como si un balón estuviera debajo de mi cráneo, o si
tuviera media cabeza extra. Me llevan a recuperación y durante dos
horas me mantienen envuelto como momia. Siento que algo lastima mis
piernas pero no tengo energía para saber qué es y pronto me duermo
otra vez. Por suerte ahora sí me elevan un poco la cama para dormir
bien.
Me siento como Rocky cuando le rompen
la cara y sus cejas se desparraman sobre sus ojos, específicamente
sobre el ojo izquierdo que aun no sé qué tiene pero sé que no está
bien.
Pasan las dos horas y me suben a mi
cuarto. Mientras me transportan, vomito dos veces. Ya en la
habitación, lo primero que veo es a mi madre, agitada y preocupada,
pero algo más tranquila al verme, aunque sus gestos me indican que
mi cabeza sí está muy extraña. Poca atención le pongo, sigo
cansadísimo, aletargado, y no puedo hablar porque tengo la garganta
como quemada, muy seca. Le pregunto algo sobre una i griega que no me
entiende y me desespero por eso (días después entiendo que dije
algo incomprensible), pero le aviso que dormiré.
Acá es raro, porque en mi cabeza casi
todo funcionaba normalmente: pensaba con lucidez (casi, pues), no
estaba tan lento, estaba al tanto de lo que había pasado, ya sabía
porque me dolía todo, sabía donde estaba y así; no obstante, mi
cuerpo era otra historia: molido, sin energía para siquiera hablar,
ya no digas mover algo, mi cabeza muy pesada, con un dolor intenso y
de nuevo me duelen las rodillas. Le digo hasta mañana a mi madre al
notar esta división entre cuerpo y mente.
Viernes 24 de mayo
Despierto y sigo molido pero con un
poco más de energía. Ya puedo demostrar mi lucidez al menos, aunque
todavía batallo para hilar algunas ideas. La cabeza me sigue
estallando y supongo que esta es la descripción cuando leía que a
Harry Potter “le estallaba la cabeza de dolor por la cicatriz de
rayo” o “sentía que la cabeza se le partía en dos”; mi cabeza
no estaba partida en dos por fortuna, pero casi.
Algo importante es que esta vez noto
que tan puteado tengo el ojo izquierdo, tengo el párpado caído, me
arde, veo tres cuartos de imagen y esta imagen es distinta a la que
ve el otro ojo porque la pupila está torcida. Trato de describirlo a
mi madre y a las enfermeras, y al poco rato viene el doctor
Hernández, que fue quien me operó, y me examina.
Al terminar, me ofrece
operarme de nuevo para manipular el nervio óptico porque éste tiene
algunas secuelas. Mi madre pregunta algunas cosas, pero el doctor la
para en seco, de manera algo grosera, y le indica, bastante mamón,
que la decisión es mía, de nadie más. Tiene razón, aunque no es
muy buena su manera. Según me dijeron casi un mes después, el
doctor me explicó que podía arreglar el problema, o bien, podía
acabar ciego de ese ojo; yo no recuerdo que me haya dicho lo de la
ceguera, porque a lo mejor hubiera dudado mucho más el acceder a esa
segunda operación.
Finalmente decido que sí y en poco
tiempo, ya durante la tarde, me bajaron a quirófano nuevamente para
la segunda operación. Lo mismo que antes aunque más rápido, igual
estuve en recuperación alrededor de dos horas y luego me regresan al cuarto, igual de molido, con
el mismo dolor en todo el cuerpo, así que ya solamente quise dormir.