Hoy me enteré que Kevin Johansen viene con Liniers y su grupo otra vez para noviembre. El día es bueno para compartir mi reseña del primer concierto aquí:
Veinte minutos después de las nueve de la noche, el rasgueo de un
ukulele rompe el murmullo negro del Lunario: Kevin Johansen y The Nada
están en la casa.
Los gritos estallan una y dos veces porque, tras la aparición de
Kevin, un tipo melenudo y de gruesas gafas de pasta sale y saluda con
una sonrisa, mientras se sienta frente a una mesita con pinturas y
cartulinas blancas. Se llama Ricardo Siri, firma como Liniers y es dibujante.
Esto no es un concierto convencional. No es sólo un tipo y su banda
que tocan y emocionan a la gente; no es, ni siquiera, un despliegue
pirotécnico y espectacular como el que a estas horas, pero al otro lado
de la ciudad, estará realizando Lady Gaga. Acá hay algo más que música y
parafernalia pop.
Hay un cantante y su grupo tocando, por supuesto, pero también está
Liniers y la proyección de su mano genial que ilustra una a una las
canciones de Kevin Johansen y The Nada. Hay también un poco de animación y hasta coreografías. Y hay, definitivamente, muchísimo humor.
Un humor que se nota en todo: en la música de Kevin, en los trazos de
Liniers, en sus palabras (como la advertencia del ilustrador de que los
nerds, como él, pronto serán los nuevos rockstars), o las
letras de Kevin, en las que habla de cierta chica a la que le sobra
Freud y le falta cumbia.
El show es un mosaico: pasamos con facilidad de un homenaje funk a
Atahualpa Yupanqui (“Atahualpa, You Funky!”) a una canción sobre la “revolución capitalista”
que se lleva la plusvalía de las camisetas del Che Guevara (“Che
Donalds o Mc Guevaras”); mientras, Liniers se pasea por las técnicas:
colores de madera, pintura vinílica y demás, y bromea con el travestismo
de un banjo destartalado.
Nuevamente, no es un concierto convencional: es una fiesta con
poesía, humor, amor, rasgueos, trazos, notas, pinceles y guitarra.
Sonidos y colores. Música coloreada que se reproduce en folios blancos.
Algo que de tan sencillo hasta parece complejo pero que, sin hacer menos
a los talentosos The Nada, se resume a un par de manos: la de Liniers,
que dibuja, y la de Kevin, que toca.
Ya casi para finalizar, los artistas hacen algo que se ha convertido
en su sello: intercambian lugares, Kevin se pasa a la mesa de Ricardo
mientras éste toma la guitarra y toca dos temas, uno es una versión
musicalizada del poema “The Fly”, de William Blake, y la otra , “Knockin’ on Heaven's Door”, de Bob Dylan, que eriza la piel cuando los The Nada se incorporan a media canción.
Cuatro temas más dura el espectáculo y, poco antes de la medianoche,
aunque la gente continúa pidiendo más y más de estos dos argentinos, la
fiesta finaliza, dejando en claro que sí, los nerds son los nuevos rockstars.
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