Solo éramos jóvenes con un lenguaje medio articulado, con un vocabulario apenas arriba de la media, y buscábamos definir lo que no se puede definir, usando las mismas palabras que las lenguas muertas de nuestros profesores y haciendo caso omiso a nuestros maestros, creyendo que la vida se cierra a alegorías, retruécanos e hipérboles.
Unos, los más honestos, se refugiaron en el uso de sustancias; mientras que otros, lo más hipócritas, lo hicieron en el lenguaje.
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