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jueves, 25 de julio de 2013

El fin de semana más doloroso de mi vida

Sábado 25 y Domingo 26 de mayo
El fin de semana siguiente lo recuerdo como uno de los más dolorosos de toda mi vida. Durante todo el día una jaqueca apenas tolerable no me deja en paz, y cuando estornudo el dolor es como si un gigante tomaran mi cabeza y la agitara haciendo rebotar a mi cerebro en las paredes craneales; a mi me preocupa no estornudar demasiado fuerte porque siento que el clip que me pusieron puede caerse o romperse y el aneurisma podría estallar en cualquier momento y bueno, lo que ya sabemos, revienta la vena, la sangre inunda el cerebro desde detrás de mi ojo izquierdo y adiós mundo cruel. Y ese 'estallido' creo sentirlo cada que estornudo.
           No me puedo mover porque me vendaron las piernas muy fuerte y  cada que me muevo siento como si un hilo me cortara. Días después, cuando ya pude levantarme para ir al baño, noto laceraciones y quemaduras alrededor de las rodillas precisamente a causa de los vendajes.
Paso los ambos días acostado, solamente conviviendo con mi mamá, mi papá, Ricardo mi hermano, mi madrina y Diego mi primo. No dejo de pensar y eso hace que me duela la cabeza. Comer es una molestia porque mi mandíbula está sensible del lado izquierdo y me duele al masticar. De repente me da comezón en la cabeza y no me puedo rascar porque me duele la herida por adentro. Sólo puedo recostar mi cabeza del lado derecho porque el otro lado lastima y no puedo moverme mucho porque me da miedo mover el catéter y perforarme un pulmón mientras estoy dormido.

          No dejo de pensar en todo lo que me duele y , a la vez, que igual no es para tanto, seguro exagero, y como no he visto la herida, esta operación me parece poco. No dejo de pensar en mi gente, mi familia, mi novia, mis amigos, mis conocidos y lo mucho que los extraño y todo lo que haré con ellos en cuanto salga de aquí. No dejo de pensar a dónde iré, cuánto lo voy a disfrutar, cuántas fotos voy a sacar; en fin, todas las cosas que me faltan por hacer. No dejo de pensar en lo mucho que estuve a punto de perder por miedo y que ojalá hubiera sido por el miedo a operarme, pero no, el miedo del que hablo era precisamente el miedo a hacer esas cosas. No dejo de pensar en que recién paso los veinticio años, que es justo la mitad de cincuenta, en que estoy a la mitad del año veintiséis y en qué pensaré de esto cuando tenga cincuenta. No dejo de pensar en que no quiero defraudarme y haré todo eso que me falta. No tuve un accidente, tal vez no fue nada trágico -fue algo más bien tranquilo- pero no dejo de pensar en lo cerca que estuve de no ser autosuficiente, de no poder manejar cien por ciento mis movimientos, de quedarme ciego de uno o los dos ojos, de depender de los demás para vivir. Honestamente, durante aquellos momentos no lo pensé, pero ahora que lo escribo, caigo en la cuenta de lo cerca que estuve de morirme. Tan cerca que estuve de morirme tantas veces y, por temor a lastimarme, dejé de experimentar muchas otras cosas que ahora quiero vivir.
           En fin, puede que todos estos pensamientos sean debido a la abrupta pausa total que se impuso en mi vida y a que no estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo solo con mi mente desocupada. Como sea, los dos días pasan lento aunque la mayor parte del tiempo estuve dormido y teniendo sueños extraños, justo como la última vez que estuve en el hospital el año pasado.

          Transcribo unos renglones que escribí dos semanas después, ya afuera, y también un par de foto de esos días:

Me dolía la garganta y me dolían los músculos de todos lados. No podía más que mover las manos y eso, poco. Tenia una sonda conectada a mi cabeza, a un ladito de la mollera, para drenar la sangre restante. Mi cabeza era una cosa hinchada en la que se perdía mi ojo izquierdo, que, a su vez, se perdía entre los rincones de aquel cuarto de hospital. Me sentía bien mal.


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