Sábado 25 y Domingo 26 de mayo
El fin de semana siguiente lo recuerdo
como uno de los más dolorosos de toda mi vida. Durante todo el día
una jaqueca apenas tolerable no me deja en paz, y cuando estornudo el dolor es
como si un gigante tomaran mi cabeza y la agitara haciendo
rebotar a mi cerebro en las paredes craneales; a mi me
preocupa no estornudar demasiado fuerte porque siento que el clip
que me pusieron puede caerse o romperse y el aneurisma podría estallar en
cualquier momento y bueno, lo que ya sabemos, revienta la vena, la sangre inunda el cerebro desde detrás de mi ojo izquierdo y adiós mundo cruel. Y ese 'estallido' creo sentirlo cada que
estornudo.
No me puedo mover porque me vendaron
las piernas muy fuerte y cada que me
muevo siento como si un hilo me cortara. Días después, cuando ya
pude levantarme para ir al baño, noto laceraciones y quemaduras alrededor de las
rodillas precisamente a causa de los vendajes.
Paso los ambos días acostado,
solamente conviviendo con mi mamá, mi papá, Ricardo mi hermano, mi madrina y
Diego mi primo. No dejo de pensar y eso hace que me duela la cabeza. Comer es
una molestia porque mi mandíbula está sensible del lado izquierdo y me
duele al masticar. De repente me da comezón en la cabeza y no me
puedo rascar porque me duele la herida por adentro. Sólo puedo recostar mi
cabeza del lado derecho porque el otro lado lastima y no puedo moverme mucho porque me da miedo mover el catéter y perforarme un pulmón mientras estoy dormido.
No dejo de pensar en todo lo que me duele y , a la vez, que igual no es para tanto, seguro exagero, y
como no he visto la herida, esta operación me parece poco. No dejo
de pensar en mi gente, mi familia, mi novia, mis amigos, mis
conocidos y lo mucho que los extraño y todo lo que haré con ellos en cuanto
salga de aquí. No dejo de pensar a dónde iré, cuánto lo voy a disfrutar, cuántas fotos voy a sacar; en fin, todas las cosas que me faltan
por hacer. No dejo de pensar en lo mucho que estuve a punto de perder
por miedo y que ojalá hubiera sido por el miedo a operarme, pero no, el miedo del que hablo era precisamente el miedo a hacer esas cosas. No dejo de pensar en que recién paso los veinticio años, que es justo la mitad de cincuenta, en
que estoy a la mitad del año veintiséis y en qué pensaré de
esto cuando tenga cincuenta. No dejo de pensar en que no quiero
defraudarme y haré todo eso que me falta. No tuve un accidente, tal vez no fue nada trágico -fue algo más bien tranquilo- pero no dejo de
pensar en lo cerca que estuve de no ser autosuficiente, de no poder
manejar cien por ciento mis movimientos, de quedarme ciego de uno o
los dos ojos, de depender de los demás para vivir. Honestamente, durante aquellos momentos no lo pensé, pero ahora
que lo escribo, caigo en la cuenta de lo cerca que estuve de morirme. Tan
cerca que estuve de morirme tantas veces y, por temor a lastimarme, dejé
de experimentar muchas otras cosas que ahora quiero vivir.
En fin, puede que todos estos
pensamientos sean debido a la abrupta pausa total que se impuso en mi
vida y a que no estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo solo con mi mente desocupada. Como sea, los dos días pasan lento aunque la
mayor parte del tiempo estuve dormido y teniendo sueños extraños, justo
como la última vez que estuve en el hospital el año pasado.
Transcribo unos renglones que escribí dos semanas después, ya afuera, y también un par de foto de esos días:
Transcribo unos renglones que escribí dos semanas después, ya afuera, y también un par de foto de esos días:
Me dolía la garganta y me dolían los músculos de todos lados.
No podía más que mover las manos y eso, poco. Tenia una sonda
conectada a mi cabeza, a un ladito de la mollera, para drenar la
sangre restante. Mi cabeza era una cosa hinchada en la que se perdía
mi ojo izquierdo, que, a su vez, se perdía entre los rincones de
aquel cuarto de hospital. Me sentía bien mal.