A mi abuela ninguno de
sus nietos la dice abuela, salvo cuando tenemos que explicar que a
nuestra abuela le decimos Madre porque ella nos crió y que esa es la
misma razón por la que a nuestro abuelo le decimos Papá Renato.
Un tiempo, que fue casi
toda mi adolescencia, viví en su casa. Mi mamá, mi hermano y yo
salimos en una especie de exilio de nuestra propia casa para no
estorbar entre la relación de mi padre y el alcohol; la estancia se
extendió unos cuatro años y aunque al principio fue muy difícil,
poco a poco las cosas mejoraron gracias al resto de mi familia, pero
en especial a mi Madre y mi Papá Renato y todos los desayunos con
historias interminables, fiestas de sábado, comilonas de domingo,
pláticas, pláticas y más pláticas que compartimos.
Una noche de esas por
alguna razón entré a la habitación de mis abuelos donde solo
estaba mi abuela acostada en su cama, puede que leyendo, bordando o
rezando, quien sabe. Entré, la vi, caminé hacia su cama y me acosté
junto a ella, que sin dejar lo que estaba haciendo, comenzó a
platicar conmigo mientras yo miraba el techo y sentía una relajación
absoluta. No sabía en realidad qué tan cansado estaba hasta que
comencé a sentir esa tranquilidad.
Comenzamos a hablar de
la familia y yo le pregunté, medio en broma, medio en serio, que
cómo le hacía para querer a todos y cada uno de los hijos de sus
siete hijos, y ella contestó que no sabía, que a lo mejor por eso
le había crecido tanto el corazón.
Yo me quedé callado
pues no hacía mucho me había enterado que mi Madre padecía de
cierto problema cardíaco.
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