miércoles, 9 de mayo de 2012

No me cansaré de contar esta historia


A mi abuela ninguno de sus nietos la dice abuela, salvo cuando tenemos que explicar que a nuestra abuela le decimos Madre porque ella nos crió y que esa es la misma razón por la que a nuestro abuelo le decimos Papá Renato.
      Un tiempo, que fue casi toda mi adolescencia, viví en su casa. Mi mamá, mi hermano y yo salimos en una especie de exilio de nuestra propia casa para no estorbar entre la relación de mi padre y el alcohol; la estancia se extendió unos cuatro años y aunque al principio fue muy difícil, poco a poco las cosas mejoraron gracias al resto de mi familia, pero en especial a mi Madre y mi Papá Renato y todos los desayunos con historias interminables, fiestas de sábado, comilonas de domingo, pláticas, pláticas y más pláticas que compartimos.
      Una noche de esas por alguna razón entré a la habitación de mis abuelos donde solo estaba mi abuela acostada en su cama, puede que leyendo, bordando o rezando, quien sabe. Entré, la vi, caminé hacia su cama y me acosté junto a ella, que sin dejar lo que estaba haciendo, comenzó a platicar conmigo mientras yo miraba el techo y sentía una relajación absoluta. No sabía en realidad qué tan cansado estaba hasta que comencé a sentir esa tranquilidad.
     Comenzamos a hablar de la familia y yo le pregunté, medio en broma, medio en serio, que cómo le hacía para querer a todos y cada uno de los hijos de sus siete hijos, y ella contestó que no sabía, que a lo mejor por eso le había crecido tanto el corazón.
     Yo me quedé callado pues no hacía mucho me había enterado que mi Madre padecía de cierto problema cardíaco.

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