jueves, 1 de septiembre de 2011

0-2 (Cero y van Dos)



De noche, de regreso, como siempre y como todas la semana. Ya hace muchas horas que despertaste y el día te ha dejado bien madreado. Si de por sí, te despertaste y fuiste a trabajar con mucho sueño aún, ¿qué te puedes esperar ya hacia el final de la jornada?
      El recorrido de vuelta: varias estaciones del metro, un recorrido de 20 minutos en pesero y un último camión para los últimos 40 minutos de viaje. Aproximados, claro. Te despides de tu acompañante y subes al camión. Lleno, como siempre pero ni modo, lo bueno es que te dejará lo más cerca de tu casa que se puede y eso se agradece. Sin embargo, no pasa día en que no se active esa especie de acto reflejo: cada que subes a un camión, mirar y estar atento a todos lados, en cuanto puedas, guardar la cartera, tener solo la morralla y el celular a la mano, ya resignado a que si te toca, pues te toca y si se va a perder algo, ya será lo menor. ¿Culero?, obvio, pero también práctico, pues así, si hay bronca, que se lleven lo menos.
      Ni modo, es otro día de esos. La ansiedad se va calmando conforme avanza el vehículo. En algún momento alguien se levanta, tomas su asiento y haces lo de siempre: sacar una revista y perderte un rato buscando un artículo o un texto que todavía no has leído; encuentras uno que habías empezado y lo terminas. Hojeas una vez más, para cerciorarte que ya leíste todo. Pfff, ya, y falta poco menos de la mitad del trayecto. Metes la revista de nueva cuenta en la mochila, levantas la mirada y todo sucede muy rápido, pues simultáneamente te das cuenta de:

El camión va semi lleno, todos los pasajeros salvo dos tipos, van sentados. Esos tipos tienen posiciones estratégicas: uno cerca de la puerta trasera, otro junto al chofer, hablándole. Alguien se levanta mientras tú, como puedes, agarras la mochila. Ves que dos personas se bajan del camión con mucha prisa, casi corriendo. Ya agarraste el pedo y ni siquiera piensas, todo lo haces automático y mientras las luces se van apagando, otro tipo, del asiento justo delante del tuyo se levanta, voltea hacia atrás, contacto visual breve, tus piernas actúan solas y con la mochila abrazada, corres hacia la puerta, casi oscuridad total, los tipos comienzan a movilizarse, ni siquiera volteas a ver a nadie, hasta puede que el tipo cerca de la puerta te jale y te retenga, pero no te importa, comienzan la zozobra y hay más movimiento, puede que hasta violencia, quien sabe. Alguien dice (o grita, sepa la chingada) “no, quédense sentados”, pero es lo último que alcanzas a escuchar porque de un salto libras el último escalón y tocas el pavimento. Una vez abajo quisieras que fuera verdad eso que dicen cada que la libras de algo, lo de “respirar aliviado”, pero no es así, porque le camión apenas adelanto unos metros pero se queda detenido y la neta da un chingo de miedo que alguno de esos culeros se baje y por echarte a correr... pues quien sabe, pero sea lo que sea sería algo malo para tí.

No pasa nada. El camión agarra camino y avanza; sigue avanzado hasta que se pierde. Ni una puta patrulla cerca, obviamente. Te topas a uno de los que bajó como tú, rápido, con miedo, a las vergas porque ya le ha pasado dos veces y dice que son los mismos culeros. No estaba dispuesto a darles otra Blackberry, vive calles arriba y se acompañan mientras caminan. El pinche susto no se termina porque la colonia es de por si peligrosona y aunque son apenas las 9 y media de la noche, casi no hay gente. Cada grupito de personas parecen ser los culeros del camión. No sabes si caminar, correr, llamar por teléfono, tomar otro camión o un taxi. Elijes el taxi. Tarda pero llega uno; no te entusiasma mucho el aspecto pero en este momento, ni siquiera una limusina merecería tu confianza. Entras, te acomodas e indicas las dirección; ahora sí, respiras.
      
     Pero no estás aliviado.

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