Lo hicimos tantas veces que dejó de
suponer una infracción a la ley. Porque, honestamente, legal no era.
Tampoco era un delito grave y tal vez alcanzaría la categoría de falta
administrativa, pero no, pasar la noche bebiendo en un restaurante de
una cadena internacional de comida rápida, estoy casi seguro que no
era legal.
Qué le podíamos hacer. Algunos
andábamos los dieciséis y los más grandes rondarían por los
diecinueve o veinte cuando mucho. Mario, Ray, Leo, Isaac, Ale, José,
Diego y yo: todos trabajábamos en ese aquella sucursal de Burger King Las Aguilas, a poca distancia de donde vivía un abogado que un par de años después se volvería presidente del país, según supe después.
Hacía pocos días que yo había entrado a trabajar ahí
gracias a Diego, mi primo; él ya algo me había platicado de esto
y tal vez no le creí o no le puse atención, pero el caso es que
para esta primera vez él dijo peda y yo dije va y ahí estaba, a las
10 de la noche del jueves, compartiendo el espacio con los últimos
clientes del día quienes se retiraron del restaurante casi a las
once.
Acompaño a Diego a poner la cadena del
estacionamiento y noto que sólo bloquea uno de los accesos (no
pregunté por qué el otro quedaba libre, aunque después lo supe).
Pusimos candados en todas las puertas excepto la de emergencia, que
solo se abre desde adentro y por donde nos metemos nuevamente al
comedor.
Mientras, Ray e Isaac van al metro
Barranca del Muerto a comprar cerveza, tequila y tacos. Me doy cuenta
de eso hasta que regresan porque tocan en la puerta de emergencia
para que les abra.
Casi a las doce aparece Leo, el porter.
El porter es un tipo que trabaja durante toda la noche en estos
restaurantes haciendo una limpieza general, desengrasando suelos, y
tallando nuevamente todo para que al otro día esté reluciente. Su
horario de trabajo es desde la medianoche hasta las 6 de la mañana
del día siguiente, o hasta las 7, dependiendo de lo que se tarde en
acabar; ni un minuto después de las 7 de la mañana porque a esa
hora todo ya debe estar listo, y como es natural, siempre se pasaba
de la hora. En lo que los demás terminan su trabajo, Leo se pone a contarmoe qué es lo que hace el porter.
Terminan y salen. Se cambian
los uniformes grasientos por la ropa grasienta del diario y la actitud de trabajo por hambre y ganas de chupar. Roban un bonche de servilletas de los insumos y sacan los vasos de
plástico reservados para los empleados. Entre el cargamento de Isaac
y Ray veo botellas de tequila pero no refrescos, y cuando voy a señalar su olvido me doy cuenta dos de las boquillas de la
máquina de refrescos siguen instaladas: la Coca y, obviamente, la
Freska.
Diego y José siguen limpiando mientras
el resto fumamos y esperamos a que terminen. Aparte de desierto, el
lobby está casi a oscuras. Las únicas luces encendidas están en la
cocina, las oficinas y los baños; el resto: comedor, lobby,
estacionamiento y terraza, completamente a oscuras o apenas
alumbrados por la luz amarillenta de los postes o la blancuzca de los
pocos coches que pasan.
El restaurante está bordeado de
ventanas, truco publicitario para que los mocosos, atraídos por el
playground, obliguen a sus padres a entrar. A causa de estas
ventanas la luz de los autos se refracta en formas en las que es preferible no clavarse a estas horas.
Por fin salen Diego y José, y alguien
me ofrece otro cigarro mientras acomodamos todo en una de las mesas
del comedor de manera que es físicamente imposible que peatones y autos nos vean
desde el exterior. Lo tienen bien ensayado.
Alguien abre la primera chela, se sirve
la primer copa o da el primer bocado y de un momento a otro todos
charlamos. Leo prefiere postergar el trabajo y se sienta a cenar y
beber con nosotros.
La oscuridad del restaurante y las
sombras esas en las que no me quiero ni fijar me inquietan y pienso
que si tuviera que trabajar de porter seguro me cagaría de miedo. Precisamente Leo en ese momento domina la charla junto con Ray (que había sido el porter antes que
Leo y lo cubría en sus días de descanso) contando varias anécdotas
de las cosas extrañas que pasan en el restaurante.
Por ejemplo, dice Ray, la niña del
play (una variante más de las historias en que el ánima de
una niña (o niño) se aparece en algún lugar). Según Leo y Ray, el
silencio de la madrugada a veces se rompe con el ruido de niños
jugando en los toboganes, risas y pasos. Sí, definitivamente me
cagaría de miedo si me tocara hacer porter.
Una vez, cuenta Leo, me tocó ver a la
niña por la cámara de seguridad de las cajas. Explicación rápida:
en estos restaurantes, las cajas de cobro tienen una cámara de
seguridad justo encima haciendo una perpetua toma cenital
para registrar los robos de los empleados. Esa cámara permanece encendida y manda una señal de video directa a las oficinas.
Así, una noche Leo pasó afuera de la
oficina, trapeando o algo, cuando quien sabe por qué, dice, volteo
al monitor y veo a una niña, chiquita, como de unos cinco años, que
solo se queda ahí viendo hacia la cámara y al segundo siguiente ya
no está. Me salgo a asomar, y pues no hay nadie, dice. ¿Y luego?,
le preguntamos, pues nada, contesta, seguí en lo que estaba
haciendo.
Leo cuenta otra: también pasa que se
activa el auto. Segunda explicación rápida: por auto
se refiere al sistema de 'drive thru', la gente ordena y
paga desde su automóvil, y cuando un auto se acerca de la
bocina para ordenar se activa una alarma que se escucha por toda la
cocina y, en el silencio de la noche, en todo el restaurante.
-Ese ruido luego se activa solo- dice
Leo.
-¿Y no sales a ver qué es?- pregunto.
-¿Tú saldrías?
-No.
En ese momento, como por invocación,
el maldito sonido del auto se activa: una patrulla con la
torreta apagada entró al estacionamiento y ahora se acomoda en uno
de los lugares justo detrás del edificio para que no la vean. Ray me
explica entonces que a veces el auto se activa porque los
patrulleros entran a estacionarse, duermen unas horas y salen
cuando amanece y sus horas de servicio han terminado. Algo inquieto,
le pregunto si no hay bronca con ellos, pues pudieron habernos
visto, pero Ray dice que no, que los policías solo van a dormir y se
largan por la mañana. Aquí es cuando entiendo por qué Diego
bloqueó solo uno de los accesos al estacionamiento. Quid pro quo
creo que le dicen.
Comenzamos a sentirnos más relajados
conforme aumenta el consumo de alcohol, hacemos más ruido y las
anécdotas de niños fantasma pasan a segundo término.
Alguien propone, tal vez Ale, tal vez
Mario, tal vez Diego, no sé, aventarnos por los toboganes del play.
Estamos ebrios y nos parece una buena idea. Agarra tu charola, me
dice Diego, le hago caso y lo sigo, tambaleante. Nos metemos la zona
de juego para niños, subimos con todo y nuestra corporeidad y kilos
para los que esta cosa no está diseñada, y nos lanzamos en las
charolas hacia la oscuridad casi total del tobogán principal que se interrumpe por las chispas que se generan por al estática. Nos
lanzamos una y otra vez hasta que suceda cualquiera de las siguientes:
nos cansamos, nos den ganas de vomitar o rompemos la charola en la
que estamos trepados, como pasa con Isaac.
Respiramos agitados, volvemos a
beber y volvemos a hablar de pendejadas. Se retoman pláticas de
borracheras anteriores entre ellos, me preguntan sobre cómo me he
sentido de trabajar ahí, que si estudio, que por qué Diego no me
había dicho las veces anteriores, y seguimos bebiendo hasta que el
tequila se acaba y todos nos quedamos con una cerveza.
Luego hablamos de mujeres. Bueno, morras, pues. En especial de una chica que trabaja con nosotros y de la que más de uno está enamorado. Los más grandes se desentiende diciendo que está bonita pero muy morra (como si eso, a esta edad, importara), otros confiesan que la aman locamente (como si también eso, a esta edad, importara), mientras yo intento ubicarla con los vagos recuerdos nublados por la pedera adolescente y cuando sé quien es, me identifico en el lado de los enamorados, pero prefiero guardarme mis confesiones.
Ya casi son las cinco de la mañana y
Leo se pone a trabajar a regañadientes. A quienes no nos
ha tumbado el sueño seguimos platicando mientras en el exterior, la
calle va tomando frías tonalidades azules con las primeras luces del
viernes. Una vez más la alarma del auto suena y la patrulla
pasa veloz por la ventana a la que está pegada nuestra mesa, llena
de botellas vacías de cerveza y tequila, colillas de cigarro, los
restos de la charola que rompió Isaac, tacos fríos y mucha basura.
Despertamos a los dormidos, limpiamos
la mesa, vamos al baño a echarnos agua en la cara y enguajarnos el
sabor a refresco de toronja, cerveza y tabaco, y finalmente salimos a
la calle a que nos golpeé el gélido aire de la mañana del 24 de
diciembre de 2004.
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