domingo, 15 de julio de 2012

Los patrulleros se estacionan en los burger kings para dormir hasta que termina su servicio



Lo hicimos tantas veces que dejó de suponer una infracción a la ley. Porque, honestamente, legal no era. Tampoco era un delito grave y tal vez alcanzaría la categoría de falta administrativa, pero no, pasar la noche bebiendo en un restaurante de una cadena internacional de comida rápida, estoy casi seguro que no era legal.
Qué le podíamos hacer. Algunos andábamos los dieciséis y los más grandes rondarían por los diecinueve o veinte cuando mucho. Mario, Ray, Leo, Isaac, Ale, José, Diego y yo: todos trabajábamos en ese aquella sucursal de Burger King Las Aguilas, a poca distancia de donde vivía un abogado que un par de años después se volvería presidente del país, según supe después.
Hacía pocos días que yo había entrado a trabajar ahí gracias a Diego, mi primo; él ya algo me había platicado de esto y tal vez no le creí o no le puse atención, pero el caso es que para esta primera vez él dijo peda y yo dije va y ahí estaba, a las 10 de la noche del jueves, compartiendo el espacio con los últimos clientes del día quienes se retiraron del restaurante casi a las once.

Acompaño a Diego a poner la cadena del estacionamiento y noto que sólo bloquea uno de los accesos (no pregunté por qué el otro quedaba libre, aunque después lo supe). Pusimos candados en todas las puertas excepto la de emergencia, que solo se abre desde adentro y por donde nos metemos nuevamente al comedor.
Mientras, Ray e Isaac van al metro Barranca del Muerto a comprar cerveza, tequila y tacos. Me doy cuenta de eso hasta que regresan porque tocan en la puerta de emergencia para que les abra.
Casi a las doce aparece Leo, el porter. El porter es un tipo que trabaja durante toda la noche en estos restaurantes haciendo una limpieza general, desengrasando suelos, y tallando nuevamente todo para que al otro día esté reluciente. Su horario de trabajo es desde la medianoche hasta las 6 de la mañana del día siguiente, o hasta las 7, dependiendo de lo que se tarde en acabar; ni un minuto después de las 7 de la mañana porque a esa hora todo ya debe estar listo, y como es natural, siempre se pasaba de la hora. En lo que los demás terminan su trabajo, Leo se pone a contarmoe qué es lo que hace el porter.

Terminan y salen. Se cambian los uniformes grasientos por la ropa grasienta del diario y la actitud de trabajo por hambre y ganas de chupar. Roban un bonche de servilletas de los insumos y sacan los vasos de plástico reservados para los empleados. Entre el cargamento de Isaac y Ray veo botellas de tequila pero no refrescos, y cuando voy a señalar su olvido me doy cuenta dos de las boquillas de la máquina de refrescos siguen instaladas: la Coca y, obviamente, la Freska.
Diego y José siguen limpiando mientras el resto fumamos y esperamos a que terminen. Aparte de desierto, el lobby está casi a oscuras. Las únicas luces encendidas están en la cocina, las oficinas y los baños; el resto: comedor, lobby, estacionamiento y terraza, completamente a oscuras o apenas alumbrados por la luz amarillenta de los postes o la blancuzca de los pocos coches que pasan.
El restaurante está bordeado de ventanas, truco publicitario para que los mocosos, atraídos por el playground, obliguen a sus padres a entrar. A causa de estas ventanas la luz de los autos se refracta en formas en las que es preferible no clavarse a estas horas.
Por fin salen Diego y José, y alguien me ofrece otro cigarro mientras acomodamos todo en una de las mesas del comedor de manera que es físicamente imposible que peatones y autos nos vean desde el exterior. Lo tienen bien ensayado.
Alguien abre la primera chela, se sirve la primer copa o da el primer bocado y de un momento a otro todos charlamos. Leo prefiere postergar el trabajo y se sienta a cenar y beber con nosotros.

La oscuridad del restaurante y las sombras esas en las que no me quiero ni fijar me inquietan y pienso que si tuviera que trabajar de porter seguro me cagaría de miedo. Precisamente Leo en ese momento domina la charla junto con Ray (que había sido el porter antes que Leo y lo cubría en sus días de descanso) contando varias anécdotas de las cosas extrañas que pasan en el restaurante.
Por ejemplo, dice Ray, la niña del play (una variante más de las historias en que el ánima de una niña (o niño) se aparece en algún lugar). Según Leo y Ray, el silencio de la madrugada a veces se rompe con el ruido de niños jugando en los toboganes, risas y pasos. Sí, definitivamente me cagaría de miedo si me tocara hacer porter.
Una vez, cuenta Leo, me tocó ver a la niña por la cámara de seguridad de las cajas. Explicación rápida: en estos restaurantes, las cajas de cobro tienen una cámara de seguridad justo encima haciendo una perpetua toma cenital para registrar los robos de los empleados. Esa cámara permanece encendida y manda una señal de video directa a las oficinas.
Así, una noche Leo pasó afuera de la oficina, trapeando o algo, cuando quien sabe por qué, dice, volteo al monitor y veo a una niña, chiquita, como de unos cinco años, que solo se queda ahí viendo hacia la cámara y al segundo siguiente ya no está. Me salgo a asomar, y pues no hay nadie, dice. ¿Y luego?, le preguntamos, pues nada, contesta, seguí en lo que estaba haciendo.
Leo cuenta otra: también pasa que se activa el auto. Segunda explicación rápida: por auto se refiere al sistema de 'drive thru', la gente ordena y paga desde su automóvil, y cuando un auto se acerca de la bocina para ordenar se activa una alarma que se escucha por toda la cocina y, en el silencio de la noche, en todo el restaurante.
-Ese ruido luego se activa solo- dice Leo.
-¿Y no sales a ver qué es?- pregunto.
-¿Tú saldrías?
-No.
En ese momento, como por invocación, el maldito sonido del auto se activa: una patrulla con la torreta apagada entró al estacionamiento y ahora se acomoda en uno de los lugares justo detrás del edificio para que no la vean. Ray me explica entonces que a veces el auto se activa porque los patrulleros entran a estacionarse, duermen unas horas y salen cuando amanece y sus horas de servicio han terminado. Algo inquieto, le pregunto si no hay bronca con ellos, pues pudieron habernos visto, pero Ray dice que no, que los policías solo van a dormir y se largan por la mañana. Aquí es cuando entiendo por qué Diego bloqueó solo uno de los accesos al estacionamiento. Quid pro quo creo que le dicen.

Comenzamos a sentirnos más relajados conforme aumenta el consumo de alcohol, hacemos más ruido y las anécdotas de niños fantasma pasan a segundo término.

Alguien propone, tal vez Ale, tal vez Mario, tal vez Diego, no sé, aventarnos por los toboganes del play. Estamos ebrios y nos parece una buena idea. Agarra tu charola, me dice Diego, le hago caso y lo sigo, tambaleante. Nos metemos la zona de juego para niños, subimos con todo y nuestra corporeidad y kilos para los que esta cosa no está diseñada, y nos lanzamos en las charolas hacia la oscuridad casi total del tobogán principal que se interrumpe por las chispas que se generan por al estática. Nos lanzamos una y otra vez hasta que suceda cualquiera de las siguientes: nos cansamos, nos den ganas de vomitar o rompemos la charola en la que estamos trepados, como pasa con Isaac.
Respiramos agitados, volvemos a beber y volvemos a hablar de pendejadas. Se retoman pláticas de borracheras anteriores entre ellos, me preguntan sobre cómo me he sentido de trabajar ahí, que si estudio, que por qué Diego no me había dicho las veces anteriores, y seguimos bebiendo hasta que el tequila se acaba y todos nos quedamos con una cerveza.

Luego hablamos de mujeres. Bueno, morras, pues. En especial de una chica que trabaja con nosotros y de la que más de uno está enamorado. Los más grandes se desentiende diciendo que está bonita pero muy morra (como si eso, a esta edad, importara), otros confiesan que la aman locamente (como si también eso, a esta edad, importara), mientras yo intento ubicarla con los vagos recuerdos nublados por la pedera adolescente y cuando sé quien es, me identifico en el lado de los enamorados, pero prefiero guardarme mis confesiones.

Ya casi son las cinco de la mañana y Leo se pone a trabajar a regañadientes. A quienes no nos ha tumbado el sueño seguimos platicando mientras en el exterior, la calle va tomando frías tonalidades azules con las primeras luces del viernes. Una vez más la alarma del auto suena y la patrulla pasa veloz por la ventana a la que está pegada nuestra mesa, llena de botellas vacías de cerveza y tequila, colillas de cigarro, los restos de la charola que rompió Isaac, tacos fríos y mucha basura.
Despertamos a los dormidos, limpiamos la mesa, vamos al baño a echarnos agua en la cara y enguajarnos el sabor a refresco de toronja, cerveza y tabaco, y finalmente salimos a la calle a que nos golpeé el gélido aire de la mañana del 24 de diciembre de 2004.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores