Mientras Ernest figuraba como decirlo, yo recordé que jamás había tenido problemas para comentar que me cagaba la gente. Se lo dije a fabi, se lo dije a charli, se lo dije a la mitad de mi familia (los que me cagaban) y jamás hubo bronca mayor que algunas caras de asco, habladurías a mis espaldas y que ya jamás me vieran a los ojos. Yo, en cambio, no tenía problemas con eso. Alguien, alguna vez, me dijo que así es mejor y después de mucho pensarle, lo comprendí. No es que me sintiera con una calidad moral superior a la de cualquiera ni que despreciara lo útil que resulta la hipocresía a veces, incluso admito que me ha hecho falta, pero en lo que a mi respecta, las cosas que uno no puede lograr con solo su esfuerzo y de aquellos a quienes quiere (porque sí hay muchas personas a las que quiero) la verdad siempre dejan atado a futuras obligaciones para con los que le cagan a uno pero que le ayudaron... no sé si me entiendan, pero es algo así. En fin. Ernest intentaba decirle a Lau que ya no, que lo suyo ya, a la verga, jamás tuvo por qué ser porque no iba a funcionar, que aunque mucho tiempo la extrañó por no tenerla, llegó el momento en que verla o apenas recordarla, le traía a la cabeza algunos detalles pendejamente minúsculos pero muy pinches irritantes como la forma de hablar de Lau, utilizando palabras largas solo porque las conoce y no porque sepa lo que significan, o Lau lavando los trastes sin aprender que debía enjuagar las cucharas siempre verticalmente para evitar que el agua le salpicara, Lau volteando a ver a Ernest cuando esto pasaba y sonriéndole su torpeza, Lau leyendo una revista de quinceañeras aunque ya rebasaba los veintes, Lau jugando de defensa y gritando cada que le balón se acercaba y corriendo siempre de esa manera rara y ridícula que tienen las mujeres para correr y jugar futbol. Lau sin pintarse, sin peinarse y con solo una dona en el cabello formando una cola de caballo torcida de donde se le escapaban mechones que debía acomodarse detrás de la oreja. Lau en pijama, descalza y dejando las huellas cálidas de sus pies en el azulejo, Lau y sus calzones con impresos infantiles, Lau y sus siete pecas apenas marcadas en las mejillas. Lau y su manía de dormirse en las películas, Lau riéndose de lo que no entiende, Lau riéndose, Lau riéndose, riéndose, riéndose, riéndose y riéndose. Y Ernest comprendiendo que por una razón o por muchas, quién sabe, todo lo que una vez le gustó de Lau ahora le provocaba asco. Pobre Ernest, apenas entendió lo difícil que tener es un relación honesta.
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